EL LAICISMO
EN LA HORA DE SU UNIDAD
El laicismo siempre
ha sido la doctrina que defiende la independencia de la sociedad y del
Estado de toda influencia eclesiástica o religiosa, y siempre
ha sido la inspiración para que en la sociedad, particularmente
en la escuela, por respeto a la conciencia de cada ciudadano, no se
introduzca ni establezca ningún dogma religioso. Favorecer a
un culto es marginar a otros.
El laicismo permitió la secularización de los derechos
y las libertades fundamentales a la vez que contribuyó a consolidar
las instituciones democráticas en un plano de mayor igualdad
y tolerancia. Correspondió al laicismo y a sus figuras patrióticas
y libertarias más esclarecidas la inmensa tarea de desprenderse
de la religión única y exclusiva, conque se sometió,
por decenas de años, a pueblos enteros. ¡Cuánto
se luchó para tener derecho siquiera a enterrarse sin estigmas
ni prohibiciones!
El laicismo, con más o menos éxito, aún separado
y disperso como ha estado, ha sido capaz de enfrentarse a todos los
totalitarismos religiosos, a los dogmas eternos e inamovibles y a los
poderes sacramentales definitivos e inapelables, destinados a mantener
a la sociedad bajo la dependencia de la jerarquía institucional
de las iglesias. Con la pretensión de regentar las conciencias
y legitimar los gobiernos, ya en 1520, el obispo español Diego
de Landa hizo quemar en una plaza pública los libros de los mayas.
El laicismo ha venido lentamente liberando al hombre de la servidumbre
con que han querido someterlo los movimientos fundamentalistas e integristas.
En nombre de la infabilidad literal de los textos sagrados y la inamovilidad
de las tradiciones se ha querido la libertad. Pero no crea que solo
con la separación de la Iglesia y del Estado se logra un Estado
Laico que reconozca de veras la libertad de conciencia y los derechos
fundamentales del hombre, sino que se necesita, como base ineludible
e inequívoca, una sociedad que crezca y se desarrolle en un ambiente
de paz, diversidad y pluralidad en lo político y moral.
Desde 1790, cuando se emprende la tarea de definir en América
Latina los límites de nuestros Estados, tal como ocurrió
en África y el Cercano Oriente, las fronteras fueron trazadas
según los intereses políticos y religiosos de los centros
dominantes, sin tomar en cuenta las fronteras étnicas ni las
regiones geohistóricas antiguas. La religión católica,
violentando la libertad de conciencia, terminó por imponer a
la población sus convicciones arbitrarias y por dejar a los indígenas
sin acceso a los centros urbanos, a los bienes y beneficios rurales.
Aún hoy, con centenarios padecimientos, los indígenas
suelen vivir 10 años menos.
El laicismo, no obstante la gigantesca y agresiva actividad religiosa
cumplida por la iglesia, ha tenido el vigor necesario para responder
al catolicismo que ha pretendido convertirse en actor político
y reclamar espacios que sobrepasan los márgenes de la tolerancia
y la libertad de pensamiento al pretender reglamentar la vida personal
y oprimir la vida ciudadana. A ninguna religión, teniendo la
imagen rediviva del fanatismo inexorable de Tomás de Torquemada,
se le puede permitir desbordar los límites de la conciencia individual
y colectiva.
El laicismo es patrimonio de la soberanía popular y de la libre
determinación de hombres y mujeres, porque permite la emancipación
de todos aquellos poderes oscuros que limitan la justicia, la libertad,
educacional y religiosa, y la expresión de todos los proyectos
éticos contemporáneos.
Sobre bases laicas, no místicas ni sectarias, las ideas pueden
desarrollarse en un ambiente de comprensión y tolerancia sin
imposiciones que lesionen y perturben el libre ejercicio del pensamiento.
La sociedad no es un recinto teologal, sino un lugar de entendimiento
humanista, de respeto a todas las creencias y base legítima del
Estado.
En una sociedad que debe estimular la libertad individual y el derecho
a la libre escogencia política, no pueden tener cabida el autoritarismo
político ni el dogmatismo religioso. La ciencia, la educación,
el arte, el gobierno y la creación en sí misma, suelen
expresar opciones religiosas y políticas, pero no pueden estar
limitados por la opresión del pensamiento arbitrario e intolerante.
2.- Desafíos del laicismo.
Después de la dura lucha desarrollada desde el siglo XVIII en
que la iglesia y el estado se disputaron la escuela y la universidad,
el laicismo moderno ha tenido que levantarse frente al restauracionismo
romano ante sus pretensiones de revitalizar a la iglesia como poder
político y ha tenido que engrosar su voz respecto de las sectas
y grupos religiosos excluyentes con signos de limpiezas étnicas.
Se ha dicho que en los 40 años que precedieron a la Segunda Guerra
Mundial (1939-1945), se registraron 88 guerras mientras que desde 1945
han estallado cerca de 200 guerras de alta intensidad, la mayor parte
a consecuencia de conflictos étnicos y religiosos (Yugoslavia,
Serbia, Ruanda, Somalia, Sudán, Burundi, Georgia, Chechenia,
Timor Oriental), que han constituido peligros de la magnitud de los
originados por la Guerra Fría (1949-1990).
El laicismo, a pesar de su inorganicidad, ha levantado su voz ante la
formación de gobiernos religiosos como los de Sudán y
Afganistán, ante los atentados de Irlanda del Norte, Turquía,
Kenia y Argentina, ante las luchas internas como en las ex repúblicas
soviéticas musulmanas, en India, Nigeria, Sudáfrica y
ante los movimientos separatistas del Cáucaso, Indonesia e Irlanda
del Norte, en esta última donde se enfrentan protestantes y católicos
desde el Siglo XVIII.
Católicos, protestantes y musulmanes quieren resolver sus diferencias
con sangre y todos quieren tener un Dios hecho a su medida, que los
ampare y favorezca y que, también, los justifique en sus desmanes
e intereses.
En América Latina no menos de 30 partidos, con confesionalidades
encubiertas, en los Parlamentos de Brasil, Perú, Guatemala o
Colombia, son los nuevos adversarios del laicismo y la moral laica que
es expresión de la universalidad de los derechos humanos, la
tolerancia y la solidaridad. Esa realidad explica, en buena medida,
que apenas el 25% de los latinoamericanos esté satisfecho con
el funcionamiento del sistema democrático. Solo el fundamentalismo
protestante cuenta, en Estados Unidos, para incidir en las preferencias
políticas de los electores, con más de 200 compañías
de televisión, 1.500 radioemisoras y una red de universidades,
colegios y escuelas.
Los grandes medios de comunicación, privados y comerciales, han
pretendido reemplazar a los partidos políticos y no han podido
persuadir que la democracia como está ya no responde a las necesidades
de la población. El desequilibrio informativo y la marginación
comunicativa mantienen la dependencia y bloquean las posibilidades de
los ciudadanos para que participen, de alguna manera, sin interferencias
indebidas, en la vida nacional de cada pueblo. La libertad de expresión
de grandes sectores, está frecuentemente confiscada por grupos
poderosos, aliados de fundamentalismos políticos, económicos
y religiosos.
El laicismo tendrá que renovar sus esfuerzos para contribuir
a crear el clima necesario a fin de que, por lo menos en América
Latina, con 500 millones de habitantes, y que en 30 años más
crecerá en 200 millones, se expresen la tolerancia, la justicia
social y el pleno derecho a la libertad de pensamiento y de conciencia.
La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela
de 1999, en su artículo 59, dice que “nadie podrá
invocar creencias o disciplinas religiosas para eludir el cumplimiento
de la ley ni para impedir a otro u otra el ejercicio de sus derechos”.
Esa es la meta ideal del laicismo, la plenitud del pensamiento libre
y el humanismo en su expresión superior.
3.- Hacia la unidad del laicismo.
Tengamos la seguridad que el laicismo será la doctrina básica
más democrática para el entendimiento futuro de todos
los movimientos que luchen por una verdadera democracia solidaria, cualesquiera
sean los nuevos centros de poder mundial --Estados Unidos, China, Rusia
o Unión Europea-- y las nuevas fórmulas que encuentre
el mundo venidero para introducir cambios sustanciales que modifiquen,
en beneficio del hombre, las viejas, gastadas e injustas estructuras
políticas y jurídicas.
Han pasado casi 200 años de independencia de nuestros pueblos
y aún fuertes sectores de la población viven en la miseria,
sin que nadie les pueda escuchar su largo quejido por la justicia. Si
bien más de 100 países se han desprendido de regímenes
dictatoriales y violentos en los últimos 20 años y la
mayor parte de la humanidad vive en democracia, todavía está
muy lejos una situación satisfactoria. Se necesitarían
más de 100 años para que un pobre, víctima de derechos
fundamentales, como el trabajo mismo, pueda obtener para los suyos lo
que un gerente de una transnacional gana en una o dos horas. El viejo
Michelet decía, no sin razón, que el Siglo XVI descubrió
al mundo y al hombre; desde entonces van siglos de atraso y pobreza,
con tiempos como éstos de insólita desigualdad.
Ninguna doctrina mejor que el laicismo para que los valores inapreciables
de la tolerancia y la justicia se desarrollen y crezcan en favor del
respeto a la libertad de pensamiento, a la dignidad y destino de esos
hombres y mujeres, tantas veces postergados por sus creencias, su raza,
su nacionalidad o su educación que, siendo un derecho, les ha
excluido. Nada impide más el acercamiento humano que la desigualdad
en el saber.
Parece que las iglesias, que sin mucha discrecionalidad han cogobernado,
y aún los partidos políticos sienten su influencia quebrantada
frente al laicismo al que, por su persistencia libertaria, ven como
rival y adversario en el mundo de hoy. El laicismo jamás ha pretendido
reemplazar la política o la religión, sólo ha reclamado
que todos los factores de la sociedad abran paso a la espiritualidad
y a los valores positivos y elevados como los suyos que humanizan y
enaltecen.
El Presidente del Centro de Acción Laica de Bélgica, CAL,
Philippe Grollet, en una notable vanguardia de una comunidad filosófica
no confesional, ha llamado a echar las semillas de la unidad orgánica
del pensamiento laico para escribir desde ahora, necesariamente juntos
e integrados, la página liberadora que reclama la propia entraña
de nuestros pueblos. Dispersos, en verdad, no existimos, pero juntos
seremos capaces de subrayar la palabra multiplicada de libertad que
escasea en el escenario político y religioso de la sociedad contemporánea.
Si rescatamos la memoria histórica de nuestros pueblos, si redescubrimos
sus raíces verdaderas y volvemos sobre aquellos hombres que hablaron
y no hemos podido escuchar bien en sus palabras, de seguro que fortaleceríamos
las banderas del laicismo como expresión de la dignidad de nuestros
pueblos. Nos independizaron ciertamente, pero no alcanzaron a darnos
la independencia sobre yugos que aún permanecen en los púlpitos
con desplante tradicional y romano. El Gran Maestro de la Masonería
Chilena y Presidente del Instituto Latinoamericano de Estudios Contemporáneos,
Prof. Jorge Carvajal Muñoz ha hablado del clericalismo soberbio,
con irrevocable certeza.
El laicismo es luchar por lo nuestro, es abrir las ventanas de la comprensión
y la justicia y es luchar sin tregua contra todos los fanatismos, que
perturban y distraen en la tarea común del bienestar irrevocable
del hombre.
La salvación nacional y democrática de nuestros pueblos,
en su identidad social, étnica, cultural y política, sin
intromisiones foráneas, está, como brújula en la
marejada, en el laicismo que hoy ha exaltado este Primer Seminario Latinoamericano
para que haya libertad, paz y justicia.
Nada nos separa, la unidad de los que luchan y trabajan por el laicismo
se está sellando hoy y esta es la hora de celebrarlo, sin pérdida
de tiempo.
Palabras de clausura del Primer Seminario Latinoamericano de Laicismo
realizado en Santiago de Chile, del 27 al 30 de Octubre de 2004, organizado
por la Universidad La República, el Centro de Acción Laica
de Bélgica, CAL, y el Instituto Laico de Estudios Contemporáneos,
ILEC.
Santiago de Chile, 31 de octubre de 2004.